La Música Como Apostolado

Hace unos años, en mis funciones de pianista, acompañé un coro a un retiro de hombres. Entre los exponentes, había un joven energético y carismático que dio su testimonio. Nos contó cómo había sucumbido a las drogas y todas las secuelas que trajo consigo el vicio. Su dependencia a las drogas lo había lanzado en un espiral de decadencia social, moral, emocional y espiritual cada vez más hondo. Un día, consumido por la depresión, había tomado la decisión de quitarse la vida. Mientras contemplaba de qué manera darle fin al suplicio en que se había convertido su existencia, sus pasos lo llevaron hasta el frente de una iglesia. Escuchó que, desde el interior del templo, emanaba música y las voces de un coro que cantaba. Sin pensarlo y, atraído por lo que él describió como un sonido angelical, subió las escalinatas y entró. Tomó asiento y se dejó envolver por la alabanza que el coro cantaba. Con cada nota, con cada palabra de la alabanza, se disolvía cada vez más, como el humo del incienso, el dolor que, por años, había llevado dentro. A medida que la Misa continuó, sintió que algo tocó un lugar muy profundo en su interior. Sintió una presencia que poco a poco fue creciendo y, mientras crecía, lo llenaba de una paz como nunca antes había sentido. En ese momento no entendía que era el Espíritu Santo que obraba en él. El joven permaneció en el templo hasta terminada la Misa. Al salir, sintió que no era el mismo, algo había cambiado en él.

Ese día la vida de ese joven cambió para siempre, dejó el vicio y regresó con su familia. Hoy alaba al Dios misericordioso que ese día lo tocó y removió de sus hombros el peso de sus errores. En un momento se había salvado, no solo una vida, sino también un alma, y todo comenzó con la música que emanaba de una iglesia. A veces, quizás por la rutina, los que somos ministros de la música dentro o fuera de la eucaristía, olvidamos la importancia de nuestro apostolado. De vez en cuando necesitamos testimonios como éste para recordar el compromiso que tenemos dentro del plan de Dios. El músico y el cantante ministerial se convierten, en las manos de Dios, en herramientas de alabanza, reflexión, oración y, como en la historia de este joven, de salvación. Como hijos de Dios y seguidores de las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo, hemos sido llamados a ser pescadores de hombres y mujeres que necesitan acercarse al Padre. La música es la red que echamos al mar en búsqueda de buena pesca.

Comprendamos, pues, que nuestro compromiso ministerial requiere entrega y dedicación. Como ministros, esforcémonos en desarrollar el talento que hemos recibido de Dios. Es nuestra responsabilidad educarnos constantemente en los aspectos técnicos y teóricos de la música. Al mismo tiempo, debemos instruirnos cada día más en las enseñanzas de nuestra iglesia para ser mejores cristianos, mejores católicos. Busquemos buena asesoría espiritual y teológica para que nuestros cantos reflejen debidamente la doctrina de nuestra iglesia.

Que Dios bendiga a cada músico cristiano y nos dé la unción para ser verdaderos apóstoles. Que Él obre sobre nosotros para que podamos ser mejores servidores, mejores pescadores. Que, al echar nuestra red, podamos atraer a muchos hacia Él.

Jorge Morillo
Red de Músicos Católicos

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